
La visita del papa a Madrid con motivo de la celebración de las JMJ han levantado una enorme polvareda (casi irrespirable) de opinión entre los que defienden su celebración y los detractores de ésta. No hay nada más que observar las portadas de los periódicos, o navegar por alguna red social para darnos cuenta de las posturas encontradas existentes entre ambas posturas, cada uno buscando los argumentos que más les convienen para justificar su posición, aunque en casi todos los casos se acaba cayendo en la demagogia pura (veáse los que lo justifican en que el 90% de la población es cristina, pero no tienen en cuenta que el porcentaje se reduce de forma muy notable si tenemos en cuenta solo a los cristianos practicantes, o bien, por el otro lado, los que sacan a relucir el coste de la visita, sin tener en cuenta los ingresos ya sean presentes por los peregrinos, o futuros por la imagen de Madrid, y que muchos de esos costes se producen siempre que hay aglomeración de personas como ocurre en los partidos de fútbol).
En primer lugar, he de reconocer que no soy una persona creyente, sino que me defino como la mayoría de los españoles, agnóstico, aunque si he de añadir que no creo en la iglesia como institución. En todo caso, lo que si tengo claro son mis convicciones de tolerancia hacia el prójimo, y mientras no se atente a los derechos fundamentales de una persona, soy de los que defienden que hay que ser tolerante con los demás, comportándote tal y como quisieras que los demás lo hicieran contigo, es decir, defiendo la convivencia entre todos las personas, lo cual creo también que es lo que la mayoría de los ciudadanos quieren.
Dentro de esta concepción de convivencia no entran, porque además no quieren entran, los fanáticos, ni de un lado, ni de otro. Tan malo es el que quiere imponerte una conducta según su religión, como el que quiere prohibir que se procese unas determinadas creencias, y por ello, es realmente lamentable los sucesos que ocurrieron ayer en Madrid durante la manifestación laica, en donde hubo un enfrentamiento entre digamos, ambos bandos. En la prensa (y dentro de parte de nuestra clase política), según su ideología, no dudan en achacar las culpas a uno u otro lado, intentando alentar un debate que consideran favorable a sus respectivas posiciones políticas, y que en verdad lo único que produce es un deterioro de la convivencia, que es a su vez lo que estos pequeños grupos de fanáticos, tanto religiosos como ideológicos, quieren llevar a cabo.
En todo caso, y fuera de este debate enrarecido sobre la religión al que parece que quieren conducirnos, cabe destacar las excesivas ventajas que se han adoptado a favor de los peregrinos que visitan Madrid en estos días por parte de la administración regional y local, como son la apertura de los colegios y su adaptación para que pasen la noche, las ventaja en los transportes, la gratuidad de la sanidad (esto último parece haberse eliminado)... Aquí, es verdad que como ciudadano cabe enfadarse por el hecho de que las administraciones de Madrid (incluido el ayuntamiento de Móstoles), hayan dispuesto tan a la ligera de infraestructuras públicas como son nuestras escuelas, sin tener en cuenta las diferentes sensibilidades religiosas que existen en nuestra región
Ahora bien, y como he dicho antes, no considero adecuado que esto se use como argumento para un debate antieclesiástico, sino que, como ciudadanos, debemos saber hasta el último céntimo que se ha gastado por la disposición que han realizado de los bienes públicos, y reclamar a su vez a nuestra clase política (que por otro lado tan fácilmente dispone de lo público) cual ha sido uso realizado del dinero público y el total utilizado. En todo caso, el estado, principal garante de la convivencia entre todos los ciudadanos y gestora de nuestro dinero, ha actuado de forma negligente con dichos gastos excesivos, sobre todo en esta época de crisis que nos toca vivir, y no cabe duda que es uno de los detonantes de este debate encendido sobre la visita del papa.
En resumen, defiendo el respeto a la visita del papa como forma de convivencia entre las diferentes creencias que hay en nuestra sociedad, pero en todo caso, el estado, como principal garante de dicha convivencia, debe actuar en coherencia, y evitar que puedan aparecer tensiones sociales por el uso del herario público, independientemente de la existencia de grupos de fanáticos que siempre esperan cualquier mínima situaciones para imponer su postura.
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